domingo, 13 de noviembre de 2011

Las zapatillas rotas de las tres princesas

Este cuento de los hermanos Grimm llamado "Las zapatillas rotas de las tres princesas", es uno de esos cuentos de final macabro, muy similar a lo que pudiese suceder actualmente con las adolescentes.




Es la historia de las tres hijas de un rey que comienzan a darse cuenta que cada mañana, sus zapatillas aparecen destrozadas. El rey sospecha que sus hijas salen todas las noches a bailar, pero ellas dicen no recordar nada. Sin embargo, cada mañana, las zapatillas estan deshechas. Por más vigilantes que deja en las noches, todos se quedan dormidos y no pueden dar explicación del momento en que las niñas salen a bailar. Finalmente, llega un joven soldado que se da cuenta que las princesas salían en la madrugada al palacio de los demonios, con quienes bailaban toda la noche sin saber realmente quienes eran. Tal vez una forma moral de decirnos que las apariencias engañan...






sábado, 12 de noviembre de 2011

El burro que crecía y crecía

(Cuento mexicano)

Cuando yo era chica, en la comunidad no se hacían fiestas, así que nos íbamos adonde sabíamos que habría un baile. Nos juntábamos varias muchachas y un grupo de morros, siempre salíamos como unos quince.
Una de esas veces en que regresábamos de una comunidad cercana, veníamos enojadas con los muchachos, porque éstos no nos esperaban, iban adelante caminando solos.
—¡Camínenle rápido o aquí las dejamos! —nos dijeron y se adelantaron.
Iban rezongando que estaban cansados y se turnaban para subirse a papuchi, uno encima de otro.
Luego de un rato, uno de los morros se encuentra un animal perdido.
—¡Miren... un burro! —les dijo.
—¡No salimos de ningún apuro! Ojalá cupiéramos todos —le contestó uno.
—Por eso no hay problema, nos iremos turnando y así todos descansaremos aunque sea poquito.

Todos querían subirse, discutían que si primero uno, luego otro...
Total que el burro se echó a caminar muy rápido.

—Ya sé —dijo uno de los muchachos— los primeros que alcancen al animal serán quienes lo monten.
Así lo hicieron, corrieron tras el burro y conforme llegaban se trepaban al animal, fueron brincando hasta que todos estuvieron trepados.
El que subió al último miró que ya iban como doce muchachos y todavía había lugar para más.

—¡Este burro está muy largo! —gritó asustado.

Los demás voltearon a verse y se encontraron montados en un burro muy largo, que crecía y crecía. Del miedo que les entró pegaron un brinco y en ese momento el burro desapareció.
Desde entonces, seguimos yendo a los bailes, pero ya no regresamos a pie, buscamos quien nos dé aventón.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El eco

(Parábola)


Un hijo y su padre estaban caminando en las montañas. De repente, el hijo se cayó, se lastimó y gritó: "¡¡¡AAAhhhhhhhhhhhhhhh!!!".
Para su sorpresa, oyó una voz repitiendo, en algún lugar en la montaña: "¡¡¡AAAhhhhhhhhhhhhhhh!!!"

Con curiosidad, el niño grito: "¿Quién eres tú?"
Recibió de respuesta: "¿Quién eres tú?"

Enojado con la respuesta, grito: "¡Cobarde!"
Recibió de respuesta:"¡Cobarde!"

Miró a su padre y le preguntó: "¿Que sucede?"
El padre sonrió y dijo: "Hijo mío, presta atención."

Y entonces el padre gritó a la montaña: "Te admiro!"
La voz respondió: "¡Te admiro!"

De nuevo el hombre gritó: "¡Eres un campeón!"
La voz respondió: "¡Eres un campeón!"

El niño estaba asombrado, pero no entendía.


Luego el padre explicó: "La gente lo llama ECO, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces. Nuestra vida es simplemente reflejo de nuestras acciones. Si deseas más amor en el mundo, crea más amor a tu alrededor. Si deseas mas competitividad en tu grupo, ejercita tu competencia. Esta relación se aplica a todos los aspectos de la vida. La vida te dará de regreso exactamente aquello que tú le has dado."
Tu vida no es una coincidencia, es un reflejo de ti. Alguien dijo: "Si no te gusta lo que recibes de vuelta, revisa lo que emites".



martes, 1 de noviembre de 2011

Cómo escribo

Por: Italo Calvino

Escribo a mano y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta.

Me gustaría trabajar todos los días. Pero a la mañana invento todo tipo de excusas para no trabajar: tengo que salir, hacer alguna compra, comprar los periódicos. Por lo general, me las arreglo para desperdiciar la mañana, así que termino escribiendo de tarde. Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo.

Siempre tengo una cantidad de proyectos. Tengo una lista de alrededor de veinte libros que me gustaría escribir, pero después llega el momento de decidir que voy a escribir ese libro.

Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero.


miércoles, 26 de octubre de 2011

El gato negro

(Edgar Allan Poe)

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.


Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
SEGUIR LEYENDO...





sábado, 22 de octubre de 2011

La mano disecada

El escritor francés Guy de Maupassant es reconocido principalmente por sus cuentos sobre locura, alucinaciones, aventuras amorosas y terror, en los cuales muestra mucho de su tormentosa y enfermiza vida en un estilo ágil, nervioso, en el que se cuestiona constantemente sobre la muerte y lo sobrenatural. A continuación uno de sus cuentos, "La mano disecada".



LA MANO DISECADA



Un amigo mío, Luis R., tenía reunidos en su casa una noche, hará cosa de ocho meses, a varios camaradas de colegio. Bebíamos ponche y fumábamos, hablando de literatura y pintura y contando de cuando en cuando anécdotas jocosas, como es habitual en reuniones de gente joven. Se abre súbitamente la puerta y entra como un vendaval uno de mis buenos amigos de la infancia:
-¿A que no adivinan de dónde vengo? -exclamó en seguida.
-Apuesto a que vienes de Mabille -contesta uno.
-¡Caray! Vienes demasiado alegre; acabas de conseguir dinero prestado, has enterrado a un tío tuyo o has empeñado el reloj -dice otro.
-Estabas ya borracho, y como te ha dado en la nariz el ponche de Luis, has subido a su casa para emborracharte de nuevo -contesta un tercero.
-No dan en el clavo; vengo de P., en Normandía, donde he pasado ocho días, y traigo de allí a un gran criminal, amigo mío, que les voy a presentar, con su permiso.

Y diciendo y haciendo, sacó del bolsillo una mano disecada. Era una mano horrible, negra, seca, muy larga y como si estuviese crispada; los músculos, extraordinariamente poderosos, estaban sujetos, interior y exteriormente, por una tira de piel apergaminada; las uñas amarillas, estrechas, cubrían aún las extremidades de los dedos; todo aquello olía a criminal desde una legua de distancia.

-Verán -dijo mi amigo-. Vendían hace unos días los cachivaches de un viejo brujo, muy conocido en la comarca; todos los sábados iba a su aquelarre montado en su palo de escoba, practicaba la magia blanca y la magia negra, hacía que las vacas diesen leche azul y las obligaba a llevar la cola igual que el compañero de San Antonio. Lo cierto es que aquel tunante sentía gran apego hacia esta mano; aseguraba que había pertenecido a un célebre criminal que fue ajusticiado el año mil setecientos treinta y seis, por haber tirado de cabeza a un pozo a su mujer legítima, en lo cual no creo que anduviese descaminado; después ahorcó del campanario de la iglesia al cura que los casó. Realizada esta doble hazaña, se lanzó a correr mundo, y durante su carrera, corta pero bien aprovechada, desvalijó a doce viajeros; asfixió, ahumándolos, a una veintena de frailes, y convirtió un monasterio de religiosas en un harem.

-Y ¿qué vas a hacer con esa monstruosidad? -gritamos todos a una.
-¿Qué? Verán. Voy a ponerla de tirador de la campanilla de la puerta, para asustar a mis acreedores.
-Amigo mío -dijo Henry Smith, un inglés grandulón y flemático-, en mi opinión, esa mano es carne de indio, conservada por un procedimiento nuevo; te aconsejo que la hiervas para hacer caldo.
SEGUIR LEYENDO...